2012, LA GRAN LENTE.
Santiago, 21 de diciembre de 2011
Carlos Lauterbach Rotach.
La fascinación por las profecías acerca del año 2012 me ha llevado a mirar con cierta atención los acontecimientos en estos años previos al, supuestamente fatídico año 2012, y, naturalmente, del destino de la humanidad luego de acaecidos esos fatuos y oscuros fenómenos descritos de manera muy turbia en las profecías, pero explicados con mucho detalle por los cultores de estos y otros mitos y creencias de nuestra especie.
Hemos sido bombardeados con múltiples informaciones a través de los medios. Horripilantes anuncios e interpretaciones de Nostradamus, inquietantes predicciones de los mas diversos orígenes, predicciones atribuidas a Newton y otros destacados brillos intelectuales que nuestra humanidad ha producido en el pasado.
Notorias son las profecías provenientes de los Testamentos, Antiguo y Nuevo. El Armagedón, el Apocalipsis de San Juan, con los jinetes y sus trompetas, con los siete sellos y el cordero nos hablan de los tiempos previos al juicio final.
Otros augurios, atribuidos a los habitantes de la América precolombina, los mayas en particular, y de otros orígenes tanto occidentales como orientales, nos nublan la mente, nos entorpecen y nos deprimen.
Ante tanta información, o, en este caso, tanto ruido, cada cual reacciona a su manera. En general, las reacciones se ajustan más o menos a lo siguiente:
Algunas personas, la mayoría, tal vez, piensa de todo esto como si se tratase de una tomadura de pelo. De hecho, ha habido tanta profecía, tanto profeta. Sin ir más lejos, frases como “al 2000 no llegareis” no se ha cumplido, pues ya estamos en el 2011.
Algunas personas entran en pánico y comienzan a acumular monedas y bienes, a construir refugios subterráneos o cavernas en las montañas para protegerse de los fuegos que caerán del cielo. Algunas personas, por su lado, lo abandonan todo y se dedican a pedir perdón y obrar el bien para ser bien recibidos, y lograr quedar al lado correcto del cedazo encargado de separar los buenos de los malos.
Otras personas analizan los diversos antecedentes, para medir su validez, y, tal vez, llegar a una conclusión coincidente o disidente de los dichos que circulan, y proponer una teoría basada en antecedentes físicos y astronómicos, que pudiesen contradecir o afirmar las propuestas teóricas de manera de apaciguar nuestra angustia o, por el contrario, convertirla en locura galopante, de patio.
Esto último para decidir por alguna de las opciones anteriores de manera informada, y no movido por una creencia o acto de fe.
He escogido la última alternativa, la de hacer un estudio prospectivo, estudio que describo en este documento.
Algunos antecedentes.
Se ha publicado extensamente el hecho de que en el año 2012, en diciembre, se producirá un fenómeno astronómico único, que ocurre cada aproximadamente 26.000 años. Esa fecha coincide con la última fecha del calendario maya.
Nada tiene de particular el hecho de que diciembre de 2012 sea la última fecha de ese calendario: luego del último día de un ciclo, viene el primer día del próximo. Así, nuestro calendario tiene su último día el 31 de diciembre, pero luego comienza el 1 de enero, el primer día del próximo año. Nuestro calendario se extiende por 365 días y algunas horas. El calendario maya se extiende por aproximadamente 26.000 años (25.920 años). Nada nos puede hacer pensar que luego del 21 de diciembre de 2012, el 22 de diciembre fuese un día particular excepto el corresponder al primer día del próximo ciclo.
Excepto que, precisamente en ese día se produce el mencionado fenómeno astronómico al que me referiré más adelante.
Nuestra galaxia está conformada por una enorme cantidad de estrellas, algunas más jóvenes, otras más ancianas, que giran en incansables y coquetas órbitas alrededor del masivo Agujero Negro, el voraz centro de la vía láctea.
Algunas estrellas danzan entre ellas, y navegan en torno al centro de la galaxia en grupos, orbitando unas en torno a otras, otras, viajan solitarias. Nuestro Sol es una de aquellas.
Pareciera que nuestro Sol gira en torno a un sistema de estrellas, sistema que a su vez orbita en torno a otros ejes. Todo este conjunto, viaja en torno al centro de la Galaxia como una bandada de pájaros.
El viaje del Sol en torno a su órbita (no me refiero a la órbita en torno al Masivo Agujero Negro del centro de la galaxia), toma aproximadamente 26.000 años. 26000 años corresponde, además, al ciclo de presesión de los equinoccios: una colección de eventos orquestada y sincronizada, como si se tratase de un gran reloj astronómico.
Es sorprendente que esos 26000 años corresponden con la extensión del calendario maya. Particularmente sorprendente el hecho de que esa antigua cultura hubiese podido calcular, y con tal precisión, la duración del “año de nuestro Sol”(¡!): 25.920 años. Ese lapso de tiempo coincide, también, con el tiempo que le toma al Sol el viaje por los 12 signos del zodíaco.
La lente.
De niño solía jugar con la lupa de mi padre. Con esa inocente crueldad de niño, solía achicharrar hormigas y otros bichos.
“Yavayaver, me decía la Hilda, yavayaver cuando el diaulo te quime igual que voh tai quimando esah hormigah, oye. Deja esah hormigah tranquilah cauro de poquería nu mah”
“Eso del diablo son puras guevás, Hilda”, le decía para hacerla rabiar.
“Yavayaver, …, yavayaver”
Y, ahora, luego de tantos años, escucho un eco en los recuerdos
“Yavayaver, …, yavayaver”
“Yavayaver, …, yavayaver”
“Yavayaver, …, yavayaver”
“Yavayaver, …, yavayaver”
“Yavayaver, …, yavayaver”.
Morir achicharrado igual que esas pobres hormigas?
O es que los dichos de la Hilda eran una profecía.
Otra profecía más?
Mientras escribo esto, comienzo a sentir escalofríos.
Claro, ahora todo comienza a tener sentido.
La magnetosfera del sol.
La mayoría de las estrellas, y muchos planetas están circundados por un fuerte campo magnético. Esos campos magnéticos se producen por las más diversas causas.
La Tierra, por ejemplo, tiene un campo magnético causado porque que el núcleo es de hierro líquido, que al girar junto con la Tierra, produce fuertes corrientes eléctricas, las cuales, a su vez, generan el campo magnético. Este campo magnético se puede detectar fácilmente con una brújula, que no es otra cosa que un imán suspendido sobre un eje que le permite rotar. El imán, en esas condiciones, se orientará de norte a sur, donde se encuentran los polos del mencionado campo.
A ese campo magnético también se le denomina magnetosfera, pues es una suerte de capa que rodea la tierra tal como lo hace la atmósfera o la ionosfera.
El Sol, por su lado, posee una magnetosfera de gigantescas proporciones. Esta magnetosfera actúa como una suerte de caldero dentro del cual hierve una espesa sopa de neutrones.
Hay oportunidades, sin embargo, en que violentas explosiones nucleares se desbordan del caldero como si fuesen las burbujas que salpican de la sopa cuando hierve. Las emanaciones que logran traspasar las paredes de esa virtual botella magnética, son expelidas al espacio interplanetario. Y cuando uno de esos derrames alcanza la Tierra, se producen fallos en los sistemas eléctricos y electrónicos, entre otras consecuencias. Esos fenómenos se denominan tormentas solares o vientos solares.
Emanaciones de esa naturaleza ya han dejando fuera de servicio a satélites de comunicaciones y de orientación. (Lo que pudiese haber ocurrido a otros tipos de satélites son secretos muy bien guardados).
En mi época de estudiante universitario, recuerdo ciertos experimentos de física nuclear a los que debí asistir. Detrás de un grueso muro de plomo, el profesor nos explicaba el experimento, en el cual las partículas aceleradas por un ciclotrón eran luego clasificadas en un colimador: un poderoso imán que desviaba las partículas conforme su energía, de manera que las partículas de mayor energía se desviaban menos, y las de menor energía, más.
En ese abanico, en un punto preciso (en un ángulo preciso, para ser más exacto), se ubicaba un detector de partículas utilizado para contar las partículas desviadas en ese ángulo, por ende, de ese nivel de energía.
Si se deseaba detectar partículas con menos energía, se utilizaba menos potencia en el imán del colimador, de manera que éstas se dirijan al detector de partículas, mientras las de alta energía seguían, prácticamente, en línea recta. Si, por el contrario, se deseaba detectar partículas con mayor energía, se aumentaba la potencia del colimador, de manera aumentar el ángulo en que se desviaban las partículas. Así las más débiles se desviaban más allá que la posición del detector, mientras que las más fuertes apuntaban al instrumento de medida.
Este experimento permitía medir la cantidad de partículas para cada nivel de energía, hacer gráficos y estadísticas, y verificar los resultados de las diversas teorías de la física de partículas.
“Esto funciona como una gran lente de distancia focal variable, nos indicó el profesor de física”. No mencionó la palabra zoom, posiblemente porque en aquellos años el zoom no era una lente popular.
Así, se me mezclan los recuerdos de la Hilda, y los del, por mí detestadado, profesor de física.
“Yavayaver, yavayaver”, “esto funciona como una gran lente”,
“Yavayaver, yavayaver”, “esto funciona como una gran lente”, ….
La magnetosfera del Sol desvía las partículas provenientes del espacio exterior de manera similar a los aceleradores, que hacen uso de poderosos magnetos para modificar las trayectorias de las partículas.
Así, las radiaciones provenientes del masivo Agujero Negro del centro de la galaxia, son desviadas por la magnetosfera del Sol, y concentradas en un espacio reducido, tal como una lente concentra la luz en algún punto denominado “foco”.
Y, al igual que en el experimento de física, las radiaciones de menor energía se concentran en algún punto más cercano al sol, mientras que las de más energía se concentran en un punto más lejano.
Es conmovedor observar un diamante cortado, y ver sus reflejos multicolores. La luz, al atravesar un diamante cortado, se desvía conforme su color. La luz roja se desvía más, mientras que la luz azul o la violeta se desvía menos. La luz roja es de menor energía que la azul: el efecto de un prisma sobre la luz de diversos colores es semejante al efecto un magneto sobre partículas de distinta energía.
No puedo borrar de mi imaginación la espada de Lukas Skywalker, un haz brillante de pura energía, donde la máxima energía se encuentra más distante de la empuñadura, y donde la empuñadura produce ese haz, haciendo uso de alguna maña aprendida de la física del futuro.
La gran alineación, o el día del juicio final.
El último día del ciclo maya, el 21 de diciembre de 2012, ocurrirá un fenómeno astronómico muy infrecuente.
Ese día, el 21 de diciembre de 2012, se produce la alineación de la Tierra, con Venus, el Sol y el Masivo Agujero Negro del centro de nuestra galaxia.
No mencioné un detalle importante del “efecto lente” de la magnetosfera solar: La distancia focal del fenómeno descrito es aproximadamente igual a la distancia entre la Tierra y el Sol.
Y digo detalle importante, pues en ese día (y solamente en ese día) el foco de la lente solar coincidirá con la posición de la Tierra.
La trayectoria de la Tierra se cruzará con la trayectoria del haz de energía, con la Tierra ubicada exactamente en la intersección.
Es la imagen de la tierra siendo atravesada por un gigantesco haz de energía, como la espada de Lukas cuando divide un trozo de acero en dos partes.
Y la situación es compleja, ya que ese haz de energía concentra una radiación cósmica diez mil veces más intensa que la recibida por la Tierra en forma cotidiana.
Diez mil veces, pues el diámetro del Sol es cien veces mayor que el de la Tierra: la radiación capturada de las emanaciones del Masivo Agujero Negro en los entornos del sol es concentrada en un pequeño haz de energía diez mil veces más intenso, y ese haz se cruzará con nuestro hábitat.
Diez mil veces más energía es mucha energía.
Un simple forado en la capa de ozono, causado por los gases denominados aerosoles, ha sido la causa de los alarmantes aumentos de cáncer a la piel.
Las radiaciones causadas por los vientos solares han sido el motivo de fallas en equipos eléctricos y electrónicos: simples vientos solares han penetrado nuestro escudo magnético: la magnetosfera de la Tierra. No me quiero imaginar los efectos de una radiación diez mil veces superior a la normal: hablo de radiaciones que traspasan nuestro escudo magnético protector.
Esa enorme radiación, aparte de sus flagelantes efectos sobre los seres vivientes, se manifestará en la forma de espectaculares auroras boreales de todos los colores, espectáculo ya anunciado en el libro del Apocalipsis, hace casi dos mil años.
La interacción electromagnética de dicha radiación con la magnetosfera de la Tierra modificará sutilmente la velocidad de rotación del núcleo de hierro del planeta, lo suficiente para producir enormes fricciones entre el núcleo y la cáscara.
Dichas fricciones liberarán cantidades de energía similares a la colisión de un cometa contra la Tierra. Esas energías serán los causantes de los cataclismos y terremotos tan profusamente anunciados.
Las radiaciones, por su parte, serán las causas de las enfermedades, y de mucho de lo anunciado en las profecías: enfermedades que afectarán a los sobrevivientes.
El resto del daño lo causará la histeria colectiva.
Lo anterior resulta ser, también, la explicación de porqué el calendario maya finaliza ese día: luego de aquella enorme catástrofe no hará falta calendario alguno.
“Yavayaver, yavayaver”, “esto funciona como una gran lente”,
“Yavayaver, yavayaver”, “esto funciona como una gran lente”.